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Recuerda que eres mortal

En tiempos del emperador romano Marco Aurelio, existía una muy interesante costumbre que habría que recuperar para beneficio de nuestras maltrechas democracias.

Cuando un general volvía victorioso de una batalla, debía dejar a los miembros de su ejército fuera de la ciudad, y entrar a Roma acompañado sólo de su guardia personal.

El comandante jefe de la tropa iniciaba entonces un paseo triunfal por las calles de la capital imperial en dirección al Senado, donde recibía como premio un esclavo y una corona de laurel.

Acto seguido, el general victorioso se subía a su cuadriga -un carruaje pequeño y descubierto tirado por caballos- y volvía a recorrer las calles de Roma, siendo vitoreado por el pueblo que le arrojaba flores y otros regalos que simbolizan el agradecimiento de los romanos por la victoria lograda.

El esclavo dado por el Senado viajaba en la carroza, un paso detrás del general triunfante; con una mano sostenía la corona de laurel sobre la cabeza del general sin apoyarla ni soltarla.

Cuando subía la intensidad de las aclamaciones y los aplausos, el esclavo se acercaba al militar y le susurraba al oído: "recuerda que eres mortal". La singular tarea tenía el objetivo de evitar que el entusiasmo por el triunfo se convirtiera en arrogancia y endiosamiento.

Se dice que el propio emperador Marco Aurelio recorría las calles y plazas de Roma acompañado de un siervo que tenía la misma misión: recordarle que sólo era un hombre, cuando los vítores y alabanzas podían nublar el entendimiento y hacerle creer que era un dios.

Creo que hay que ir pensando seriamente en recuperar esta tradición romana adaptada a los tiempos que corren. Cada día parece más urgente.

Estoy convencida de que uno de los motivos que provoca que los gobernantes pierdan el norte, es el coro de aduladores y serviles que los suelen rodear y que aplauden todas las decisiones sin atreverse a cuestionarlas, criticarlas o directamente censurarlas. Así, los gobernantes acaban creyendo que son infalibles, todopoderosos.

Evidentemente el tema concierne a los gobernantes que les importa el bien común. Con alguien como Ricardo Martinelli, de nada habría servido tener una persona que le dijera que no debía abusar del poder porque un día lo perdería. A ese señor, nada lo iba a sacar de su propósito de hacer negocio y sacar provecho personal de cada necesidad del pueblo y de cada proyecto. Él sin duda se creyó que del Palacio de las Garzas no lo sacaba nadie... ni Mimito.

Estos días hemos sido testigos de declaraciones altisonantes del presidente Juan Carlos Varela y de algunos de sus colaboradores por el uso nada sensato de las llamadas partidas discrecionales. Todo parece indicar que la falta de voces críticas en el Gabinete y en sus colaboradores más cercanos, empieza a nublar el entendimiento del mandatario. Urge que alguien le diga que es mortal.

Cuando los cuestionamientos sobre el uso de las partidas supuestamente destinadas a casos de urgencia social, provocaron que el presidente contestara con arrogancia que nada tenía que explicar porque había sido elegido presidente por la mayoría, me acordé de la historia de Marco Aurelio, los generales romanos y el esclavo con la trascendental misión de bajar de la nube a cualquiera.

En realidad, cada ministro, diputado, magistrado o cualquier funcionario con poder debería tener siempre a su lado una persona que le recordara que son mortales y que no son dueños de los recursos encomendados a su administración. Urge que alguien sensato les diga que no pueden utilizar los bienes del Estado para beneficio personal, y que esto incluye usar vehículos, conductores y gasolina para llevar a los hijos a la escuela, a la suegra al supermercado, los viajes oficiales y, por supuesto, las partidas discrecionales presidenciales. Solo la soberbia del poder puede provocar tanto desatino y abuso.

Somos mortales. A ver si se enteran.